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EL COBERTIZO: El arte de perder

El arte de perder

Aviso: no leer. Contiene frases de un optimismo realista, si acaso eso es posible.
Aunque, bien mirado, ¿por qué no? Tampoco se pierde nada por leerlo… creo.

De mi viaje a Chile en 2006 volví cargada de experiencias, como diría Kavafis, y también con un libro de poemas de Gonzalo Rojas, Antología poética (Fondo de Cultura Económica, 2000) dedicado por el autor. El regalo me hizo bastante ilusión, pues es un poeta al que admiro. Durante mucho tiempo pensé que era en ese libro donde había aprendido esta frase un tanto lapidaria, pero de gran sabiduría: “la vida se reduce a la estrategia del perdedor. Porque dicho en confianza, ¿cuándo no perdemos?”. Hace unas semanas, después de tanto tiempo, quise encontrar la frase en el libro en cuestión para cotejarla y, para mi sorpresa, resultó que no estaba. La había perdido. Lo había soñado.

Una ligera desazón me empujó a indagar otras “pérdidas” literarias, y lo primero que apareció ante mí fue el memorable poema de Elizabeth Bishop titulado Un arte (Antología poética, traducción y edición de Orlando José Hernández, Visor, 2003), que transcribo completo (no merece menos):

A poco que se conozca la biografía de la autora, todo lo que se dice en este poema encaja con su peripecia vital. Como si nos diera ánimos, “pierde algo todos los días”, el yo poético insiste en que no importa, solo hay que tener arte para hacerlo, pues cualquier pérdida, a fin de cuentas, nunca llegará a ser un desastre (Ay, ¡Escríbelo!).

Aunque a veces sí que ocurren catástrofes de veras, para qué negarlo. Como en El gran Gatsby,  de Francis Scott Fitzgerald, un relato descarnado de la gran caída moral y económica de su protagonista. He leído hace poco los jugosos comentarios de Juan Tallón sobre esta novela en Libros peligrosos (Larousse Editorial, 2014), he aquí una muestra: El fracaso es siempre inevitable. No digamos cuando está precedido del éxito, que, por otra parte, es relativo. A veces ni siquiera es éxito. Me gusta citar, tras frases así, Retorno al pasado, de Jacques Tournier, y evocar esa escena en la que Jane Greer pregunta: ¿Existe alguna maldita manera de ganar? Bueno -responde Robert Mitchum-, hay un camino para perder más despacio.

De este perder más despacio (qué flema la tuya, querido Robert Mitchum), a pensar en Samuel Beckett y su famosa frase: “Fracasa mejor” solo me quedaba un paso. De modo que rastreo un poco por mi biblioteca para contextualizarla y se me ocurre buscar en algún libro de Enrique Vila-Matas, gran admirador de este autor irlandés, que escribía en francés, por cierto, para luego traducirse a sí mismo al inglés. Tengo suerte, y en su libro de ensayos Impón tu suerte, (Editorial Círculo de tiza, 2018) encuentro y releo la esencia de su Beckett emocionante:

Estamos en pleno centro de uno de los motivos recurrentes de toda la obra: el fracaso que trae consigo el lenguaje mismo y la necesidad, sin embargo, de seguir diciendo, de decir, pese a todo. Cuestión abordada, con decisiva profundidad de última hora, en el ya muy famoso párrafo de la escuálida y tardía Rumbo a peor, la obra maestra de su última etapa: “Todo de antes. Nada más jamás. Jamás probar. Jamás fracasar. Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor”.

Leer a Vila-Matas, para mi gusto gran columnista sobre autores y libros, me lleva a pensar en  la última colaboración periodística que recuerdo de Manuel Vicent, aunque solo fuera por su precioso título: El secreto placer de quedarse atrás (El País 15-07-23) en la que cuenta cómo, fruto de los años, un tal Miguel ha dejado de correr, en todos los sentidos, para sencillamente vivir. En el último párrafo, para darse la razón en su proceder, pues a fin de cuentas no tenemos ninguna prisa, menciona una frase de Borges: Todos caminamos hacia el anonimato, solo que los mediocres llegan un poco antes.

Entonces, a punto de aceptar finalmente mi fracaso, tras este nutrido grupo de maestros en el arte de perder, he aquí que el mensaje de Gonzalo Rojas aparece ante mis ojos gracias a Internet (ay, sí, tenía que haber empezado por ahí… pero formo parte de la resistencia y prefiero darle vueltas a la cabeza antes de recurrir a la máquina). La red me lleva a un poemario suyo de acceso libre (se puede descargar desde el portal Memoria Chilena) titulado ¿Qué se ama cuando se ama? editado por la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos (DIBAM) Departamento de Extensión Cultural, Chile, 2000. Y ahí se puede leer la frase, en la introducción de Rojas que abre el libro, Palabra previa: No soy Catulo ni Propercio pero digo a mi Lesbia y a mi Cynthia como puedo. Odi et amo. Nunca creí gran cosa en la dialéctica del amor. A lo que aposté siempre fue a la peripecia del perdedor. Dicho en confianza, ¿cuándo no perdemos?

Al leerla de nuevo me doy cuenta de que en mi memoria no se había conservado el contexto del tema amoroso en el que se inserta, sino que “mi” cita había optado por darle un valor general, existencial, a la peripecia del perdedor. Así suele funcionar la transmisión memorística, en la que a partir de nuestra experiencia construimos palabras sobre la base de las palabras de los otros, con mayor o menor fortuna.

Qué satisfacción haberla recuperado; y para redondear mi suerte también encuentro (esto no tiene mérito, me la sé de memoria tal cual desde hace mucho tiempo) la cita de Borges que menciona Manuel Vicent en su artículo. Pertenece al poema “Quince monedas” (Poesía completa, Ramdom-House, 2011); y el texto es una de esas monedas-poema, maravillosa y brutal, titulada Un poeta menor:

Dejemos (por hoy) el arte (de perder) y volvamos al amor para cerrar este escrito. Tal vez lo conozcáis, pero por si os apetece refrescarlo, aquí dejo los dos versos del famoso poema LXXXV de Catulo que se inicia con el oxímoron tantas veces repetido odi et amo que asimismo -como habéis podido leer- menciona Gonzalo Rojas en su prólogo. Serán cuatro versos en total, pues como un acto (mínimo) de resistencia en defensa de las Humanidades y la Lectura también transcribo el texto original en latín. La traducción es de Luis Antonio de Villena (una reliquia, el libro: editorial Júcar, 1979).

Postdata:

Gonzalo Rojas, generoso e involuntario desencadenante de todo este juego, bien merece estar presente además con uno de sus poemas de la Antología poética. Este es de mis preferidos, se titula Mortal, y dice así:

Moraleja:

No te rindas, husmea literatura, aprende de memoria lo que te gusta. Disfruta aunque pierdas. Lee más. Conversa. Ama. Fracasa mejor.

EL COBERTIZO: Carta de una lectora

Carta de una lectora

Estimada persona que me lees, pensando cómo contarte lo que anda en estos momentos por mi cabeza referido a los libros, se me ha ocurrido escribirte ¡una carta!, el colmo de reliquia de lentitud en estos tiempos que van a toda mecha.

De modo que aquí estoy, escribiéndote tranquilamente apoyada en un álbum enorme (ideal como soporte) que se titula Carta a un hijo de Rudyard Kipling (Edelvives, 2009), que no sé si conoces. El poema-carta empieza así:

Y después de unas cuantas estrofas más, cargadas de sentencias interesantes, en un estilo un tanto grandilocuente, Kipling termina diciendo:

Qué maravillosa es la lectura, espero que tú también disfrutes con ella. Para este cumpleaños una amiga me ha regalado el libro de aforismos de Carmen Canet que se titula Olas (Isla de Siltolá, 2020). He aquí algunas de sus frases referidas precisamente a los libros:

También ha llegado a mis manos Tino, un mirlo en mi jardín, texto e ilustraciones de Nicolas Jolivot (errata naturae, 2025), un precioso álbum sobre las observaciones que el autor realiza desde su jardín a una familia de mirlos, a los que termina incluso poniéndoles nombre: Tino, Tina y Tinito. Un libro que sin duda viene a redondear la entrada en la que hablé precisamente de estos divinos cantores.

El libro del mirlo Tino llegó junto a este otro, que todavía no he leído, y que asimismo abunda sobre mi confesado amor por los pájaros: Diez aves que cambiaron el mundo. La historia de la humanidad a través de las aves, de Stephen Moss (Salamandra, 2025). Como me gusta leer ensayo, el título promete mucho. Ya te contaré.

También me han caído del cielo dos  novelas. Una, Las gratitudes, de la autora Delphine de Vigan (Anagrama, 2021).  Esta historia, que por momentos resulta conmovedora, presenta a una señora mayor que quiere encontrar, antes de perder las palabras, y con ellas la memoria, a la familia que la acogió de pequeña durante la guerra y de la que no volvió a saber nada. Para darles las gracias, ni más ni menos.

Y esta otra, La sociedad literaria del pastel de piel de patata de Guernsey (Salamandra, 2018). Por cierto, su título es tan largo que cuando lo encargué para regalarlo a mi vez, la amiga librera me puso en el mail para avisarme de que ya le había llegado para que me pasase a recogerlo: Aquí tengo La sociedad bla, bla, bla… ¡pordios, qué título! Y claro, me hizo bastante gracia.

Su autora, la norteamericana Mary Ann Shaffer necesitó por razones de salud la ayuda de su sobrina Annie Barrows, también escritora, para finalizar esta su primera y lamentablemente también última novela. La sociedad literaria de la que trata (¡qué ganas de montar una!) es una novela epistolar simpática y ligera -ideal para corazones doloridos- sobre la compañía que hace la lectura en tiempos de crisis.

Y, ahora sí, lo confieso: este libro -armado en su totalidad con una carta tras otra- ha sido el causante, por contagio, de que te lleguen mis palabras en formato postal. Una carta que espero te haga sonreír, y acompañe en el ratito que te dure su lectura.

Por último, a modo de despedida, vaya este buen deseo avalado por el filósofo romano Cicerón:
Si cerca de la biblioteca tenéis un jardín, ya no os faltará de nada.
¡Vale!

Postdata:

La librera amiga suele tener el detalle de regalar en cada compra un papelito, enrollado y con su lazo, con un texto -poema, cita- inspirador. En esta ocasión, he tenido la suerte de haber recibido de su mano el siguiente:

Vía internet: Poesía Purépecha “Mexica Teahui”. Se desconoce su autoría. Mencionado por Enrique Cardoso.

EL COBERTIZO: Andersen, cuentista poético

Andersen, cuentista poético

Hans Christian Andersen quiso ser cantante, bailarín, actor, pero su anhelo no prosperó. También aspiró a ser poeta, y lo fue, pero no con el renombre que hubiera deseado. En uno de sus últimos cuentos, Tía Dolor de Muelas, se confiesa a través de su personaje protagonista: En mí hay algo de poeta, pero no lo suficiente. Muchas personas tienen tanto de ello como yo mismo, pero no llevan un rótulo ni un collar con el nombre de poeta. Lo cierto es que la gran fama le llegó de la mano de sus cuentos, un destino insospechado incluso para él. Con unos textos que en su mayoría destilan poesía, pues para Andersen cuentos y poesía son retales de la misma pieza, o lobeznos de la misma camada, tal como dice la Reina del Pantano al cuentista que acude a ella en busca de inspiración, en su historia Los fuegos fatuos están en la ciudad.

Andersen reparte en los relatos su vena poética de muy diversos modos. En algunos de ellos –quizá los menos conocidos– nos encontramos con que la Poesía (con mayúsculas) es la indiscutible protagonista, como ocurre en El Ave Fénix, El sendero de espinas de la gloria, La musa del nuevo siglo, El pájaro cantor de las leyendasEl duende y la señora, Lo que se puede imaginar, por nombrar unos cuantos; así como también en El duende en la casa del tendero, un relato encantador, en el que un duende casero típico de la mitología nórdica no llega a decidirse entre ella, la Poesía, personificada en el pobre e inspirado estudiante que vive en la buhardilla, y las ricas natillas con un buen pedazo de mantequilla que le deja como ofrenda para Navidad el tendero del piso principal; un hombre prosaico, sí, pero que tiene una estufa calentita y es el dueño de todo el edificio. En fin, como la vida misma. El autor termina diciendo: ¡Qué humano era aquello! Nosotros nos quedamos también con el tendero –por las natillas.

En algunos otros relatos aparecen poemas populares, como es el caso de Las cigüeñas,en el que una cancioncilla infantil vertebra toda la historia, poniéndose en evidencia su letra cruel y cómo esas malas palabras de la canción despiertan deseos de venganza en las cuatro crías de cigüeña. El autor se desquita en el relato, pues esta ave le es especialmente querida –como también la golondrina– entre otras razones porque es muy viajera, como él mismo. La letrilla en cuestión, en traducción de Enrique Bernárdez (“Cuentos completos”, editorial Cátedra, 2012), dice así:

Asimismo aparece la poesía tradicional en Una historia de las dunas, larga y bella narración sobre el destino de un bebé de origen aristocrático –único superviviente de un barco hundido español, arrojado a las ásperas condiciones de vida de las dunas del Norte– y en la que se van desgranando versos de la antigua balada danesa “El hijo del rey de Inglaterra”.

Entre todos sus cuentos, a modo de curiosidad, solo se encuentra uno enteramente en verso, Pregúntale a tía Almager. Una historia muy breve cuyos protagonistas son hortalizas y en la que, con tintes bastante cómicos, se relata el matrimonio de conveniencia entre un viejo nabo y una zanahoria; una unión que dura muy poco, circunstancia que alegra sobremanera a la joven viuda.

Sin embargo, además de todo lo comentado, me parece que donde se encuentra repartida la más pura poesía de Andersen es precisamente entre los párrafos de su prosa. Y es que en la mayoría de sus cuentos siempre late algún pasaje en el que las palabras vuelan un poco, o cantan. Para cerrar este escrito he jugado conmigo misma a elegir alguno de ellos entre toda su colección de cuentos y ponerlo por aquí. Me he impuesto el límite de tres, que es un número muy de cuento.

Aquí está el primero, es el comienzo de su famosa historia La sirenita, que he tomado del libro “La reina de las nieves y otros cuentos” (Alianza Editorial, 1989) en traducción de Alberto Adell:

También de este mismo libro transcribo el bellísimo principio de El viento cuenta la historia de Valdemar Daae y sus hijas. En esta historia, que tiene un aire de vieja balada, el narrador es el viento, que ulula y gime mientras la cuenta, porque es triste y habla de los errores y la soberbia de una familia aristocrática hasta su total decadencia y olvido:

Para terminar, aquí dejo el último párrafo de La campana, que forma parte de “La sombra y otros cuentos”, también en traducción de Alberto Adell (Alianza Editorial, 1973). Un libro, por cierto, que me lleva acompañando desde 1984 –y lo sé porque en aquella época tan lejana firmaba los libros, ¡qué tiempos!–.  Pues bien, la historia gira alrededor del sonido lejano de una campana que nunca nadie ha llegado a saber de dónde proviene, hasta que un grupo de niños y niñas deciden salir en su busca. Poco a poco, por diferentes razones, todos acaban abandonando la empresa menos dos de ellos, un príncipe y un chaval muy pobre, que siguiendo cada uno su propio camino, terminan encontrándola. Este es su apoteósico final:

Aquí os dejo, en la gran catedral de la naturaleza y de la poesía de Hans Christian Andersen. Con mis mejores deseos de inspiración y silencio para vuestra vida.

EL COBERTIZO: El mirlo (Animales Orales, 1)

El mirlo

(Animales Orales, 1)

Quien ha escuchado los parloteos musicales del mirlo un día, ya los escuchará para siempre. Son bellos y variados, tanto que llegan a compararse con los del ruiseñor, y se pueden oír en todo lugar, por el campo y por los parques de pueblos y ciudades. Es un placer escucharlo, como nos cuenta Robert Louis Stevenson en su poema Corazón (De vuelta del mar. Penguin Clásicos, 2019):

Loco cantante del amanecer y atardecer, sobre todo en primavera y verano, incansable merodeador de jardines siempre, a este animal alado lo llevamos humanizando desde antiguo y haciéndolo símbolo de la voz y el discurso. El mirlo nos habla con su canto. Así lo dice Luis Cernuda en el poema titulado Jardín (Antología poética, Alianza Editorial, 1989):

Parece el sacerdote de alguna religión mistérica, un fraile con pico, huidizo, descarado, goloso. Y, sobre todo, cantor. Muy considerado por los celtas, su nombre se asimila con el mítico Merlín ¡nada menos! Gerardo Diego hace referencia a esta presunta y muy digna etimología en su precioso poema Estoy oyendo cantar a un mirlo (Versos escogidos. Editorial Gredos, 1970) del que solo transcribo, por ser bastante extenso, sus primeros y últimos versos:

El mirlo resuena dando continuidad al discurso, a la vida; como si fuera un solo mirlo, una voz que discurre a lo largo de la historia y que canta, hace música de la existencia. Una música eterna. El mirlo de los músicos, los poetas y también los cuentistas, pues como escribe Manuel Rivas en su poema Catorce del uno (El pueblo de la noche y Mohicania revisitada, Suma de Letras, 2003) en sus melodías andan los cuentos:

El mirlo los siembra, y llega Gloria Fuertes con su ligereza habitual, y en su poema Madrid (Poesía cada día. Ediciones de la Torre, 2009) expresa eso que ya estaba en el aire, que quien hace poesía es un mirlo blanco, una rareza, alguien que trabaja por un mundo un poco más transitable:

Mientras haya voz, esta será también la del mirlo, de modo que hay que ponerlo a cantar sobre la línea, como hace Cecilia Pisos (Esto que brilla en el aire, FCE, 2017), y arriesgarse a que el poema quede pendiente de un hilo:

Aunque también pudiera ocurrir que, según Eugenio de Andrade, haya sido el mirlo quien abandona el parque para anidar en un poema suyo. Así ocurre En Florencia con Fiama, donde el autor pincela el recuerdo de una conversación bellísima entre su amiga poeta y el pájaro del parque:

A estas alturas sospecho que no hace falta decir que soy una amante de este pájaro, que lo descubrí unido al amor y que nunca más ha dejado de acompañarme. Me alumbró hace años al final de una noche tremenda en un hotel alemán cercano al aeropuerto de Frankfurt, después de haber perdido el avión que me iba a llevar a casa debido a un retraso del vuelo en el que llegaba para hacer el trasbordo. La experiencia de esa noche —con un olor insufrible a tabaco pegado a las paredes de la habitación, sin pegar ojo por miedo a perder el siguiente vuelo— de pronto se vio inundada, momentos antes del amanecer, por el canto de un mirlo invisible pero cercano, que tuvo la virtud de hacerme sentir en casa ¡allí, en medio de aquella desolación, también cantaba el mirlo! porque mi casa de pronto se había convertido en el mundo entero. Nunca olvidaré su consuelo, el de aquel mirlo que en un instante gracias a su canto fue todos.

Asimismo imagino que tampoco queda ninguna duda respecto a que el amor a esta ilustre ave me ha llevado a atesorar una modesta colección de poemas. Algunos de los cuales ya se han quedado cantando por aquí. Este escrito está siendo un reto, pues me he obligado a no sobrepasar el tope de diez temas; así como un placer por tener la oportunidad volver a ellos y elegirlos. Traigo ahora a Bertolt Brecht (Poemas del lugar y la circunstancia. Pre-Textos, 2003) y la meditación que vivió al escuchar el canto del mirlo en el hospital, poco antes de morir:

Por último no podía faltar Emily Dickinson poniendo una magnífica coda al poema de Brecht cuando en Dos mundos dejó escrito que ningún mirlo ahogará su algarabía para rendirle a algún Calvario honores. Qué satisfacción escucharla en este otro poema, cuando en su primera estrofa escribe lo que es La esperanza (El secreto de la oropéndola, Nórdica libros, 2024):

Y para cerrar este magnífico cortejo de grandes nombres, aporto mi sencilla contribución con este tema que escribí para el poemario Todo es volar (Editorial LUPI, 2021) titulado, por supuesto, Mirlo. Que sirva como plegaria para que la alegría nos acompañe siempre:

EL COBERTIZO: Dibujar el mundo

Dibujar el mundo

Ante la figura de un Borges infinito, hoy me detengo sobre un detalle suyo mínimo, un cuento breve o, siguiendo la terminología moderna, un microrrelato que reencontré hace poco en un epílogo de uno de los poemarios incluidos en su Poesía completa (Random House Mondadori, 2013). En realidad, esta pequeña historia la tenía recogida en mis papeles desde hacía mucho tiempo, pero no recordaba la obra donde la había leído.

Y de pronto allí estaba, mirándome, en el lugar menos pensado, insertada en el párrafo final de El hacedor (1960), uno de sus libros más libres, en el que se agrupan cuentos, poemas y ensayos breves. Un libro, como él mismo escribe en ese texto de cierre, que “de cuantos libros he entregado a la imprenta, ninguno, creo, es tan personal como esta colecticia y desordenada silva de varia lección, precisamente porque abunda en reflejos e interpolaciones”. Pues bien, este es el párrafo-cuento:

El relato, muy breve y sin embargo poblado de imágenes, tiene la marca potente de su autor; en él encontramos una de sus frecuentes y magnéticas enumeraciones, así como también la referencia recurrente al laberinto que, en este caso, se lo figura paciente. Por último, la historia destila el anhelo trascendente que atraviesa toda su escritura, y que a veces adopta un tono desesperanzado o ambiguo. No en este caso, en el que a mi juicio trata sobre la predestinación: cualquier acontecer configura destino, y está cargado de significado hasta tal punto, que se refleja incluso en lugares improbables como las líneas de la cara.

En El espejo de los enigmas, un texto que se encuentra dentro de su colección de ensayos Inquisiciones. Otras inquisiciones (Random House Mondadori, 2011), Borges escribe sobre el simbolismo de la existencia en consonancia con esa predeterminación del mundo que hace que cualquier manifestación de lo creado tenga un profundo sentido, aunque en muchas ocasiones sea desconocido para quien lo vive. Entre otras interesantes consideraciones comenta que De ahí a pensar que la historia del universo —y en ella nuestras vidas y el más tenue detalle de nuestras vidas— tiene un valor inconjeturable, simbólico, no hay un trecho infinito. Muchos deben haberlo recorrido; nadie, tan asombrosamente como León Bloy (…) quien llegó a afirmar que nada puede ser contingente en la obra de una inteligencia infinita.

Esta rotunda frase tiene una nota al pie de página de Borges cuyo contenido revela la posible chispa de la que pudo brotar el relato que nos ocupa:

Estas pesquisas a propósito del microcuento me impulsaron a la relectura de la Poesía completa esta vez poniendo el foco en los sustanciosos Prólogos, Epílogos, Notas e Inscripciones que se saltean a lo largo del libro. Me pareció maravilloso que los editores hubieran tenido el buen criterio de incluirlos, pues son pura literatura. De modo que dando saltos como en el Juego de la Oca, fue como me reencontré con el famoso cuento de Chuang-Tzu y la mariposa, que había sido “dejado” en una de las notas del poemario Historia de la noche (1977). Concretamente, en la referida a un verso de su maravilloso poema Las causas. Por cierto que esta fábula —en una versión un poco más extensa— también se puede encontrar en su Antología de la literatura fantástica con el título de Sueño de la mariposa. La nota-cuento dice así:

En otro de mis saltos de lectura aterricé sobre esta jugosa anécdota, incluida en el prólogo al poemario El otro, el mismo (1964), sobre el mundillo literario de su tiempo:

Aprecio la autocrítica del autor sobre la agudeza mordaz con la que replicó a Hidalgo, así como la sincera apreciación de que sus segundas versiones de un mismo asunto suelen ser inferiores al original. Lo cierto es que dentro del conjunto de su obra son numerosos los temas que se repiten en diferentes épocas, formatos o contextos.  Un hecho que como lectora no le reprocho, antes al contrario, me resulta muy estimulante.

Aquí termina nuestro camino de lecturas por hoy, precisamente, con la buena noticia de que el cuento del hombre que se propone la tarea de dibujar el mundo también tuvo una segunda versión. Apareció en verso, veinticinco años después de su primera edición en prosa, formando parte de su último poemario, Los Conjurados (1985). El poema se titula La suma y está dispuesto como soneto, una forma métrica especialmente querida por el autor:

Dejo para ti, lectora, lector, estas dos versiones de la historia, una en forma de cuento y la otra de poema. Ahora tuyo será el juego de pensarlas e imaginarlas. Que lo disfrutes.


Epílogo

(Cómo sustraerse a este guiño de prólogos, notas, epílogos, inscripciones…)

Dice una frase proverbial en castellano que La cara es el espejo del alma. El refranero multilingüe del Centro Virtual Cervantes atribuye el origen de esta máxima a Cicerón, quien la prolongaba con una segunda parte: “y los ojos sus delatores”. Me parece que Borges con su historia va un poco más lejos al sugerir que “la cara es el espejo del destino (o del mundo)”. Un pensamiento que en parte se refleja asimismo en este soneto titulado Un ciego, perteneciente a La rosa profunda (1975) en el que el yo poético se queja de no poder verse la cara, razón por la que se le hace más difícil reconocerse: