
El arte de perder
Aviso: no leer. Contiene frases de un optimismo realista, si acaso eso es posible.
Aunque, bien mirado, ¿por qué no? Tampoco se pierde nada por leerlo… creo.

De mi viaje a Chile en 2006 volví cargada de experiencias, como diría Kavafis, y también con un libro de poemas de Gonzalo Rojas, Antología poética (Fondo de Cultura Económica, 2000) dedicado por el autor. El regalo me hizo bastante ilusión, pues es un poeta al que admiro. Durante mucho tiempo pensé que era en ese libro donde había aprendido esta frase un tanto lapidaria, pero de gran sabiduría: “la vida se reduce a la estrategia del perdedor. Porque dicho en confianza, ¿cuándo no perdemos?”. Hace unas semanas, después de tanto tiempo, quise encontrar la frase en el libro en cuestión para cotejarla y, para mi sorpresa, resultó que no estaba. La había perdido. Lo había soñado.
Una ligera desazón me empujó a indagar otras “pérdidas” literarias, y lo primero que apareció ante mí fue el memorable poema de Elizabeth Bishop titulado Un arte (Antología poética, traducción y edición de Orlando José Hernández, Visor, 2003), que transcribo completo (no merece menos):
El arte de perder no es difícil de aprender;
tantas cosas parecen querer extraviarse
que perderlas no acarrea ningún desastre.
Pierde algo todos los días. Acepta la confusión
de perder llaves de puertas, un rato malgastado.
El arte de perder no es difícil de aprender.
Practica entonces perdiendo más y más rápido:
lugares y nombres, y adondequiera que tenías pensado
viajar. Nada de eso acarreará un desastre.
Perdí el reloj de mi madre. ¡Y fíjate!, la última
o la penúltima de mis tres casas del alma se ha esfumado.
El arte de perder no es difícil de aprender.
Perdí dos encantadoras ciudades. Y aun más vastos,
algunos dominios, dos ríos, un continente.
Los echo de menos, pero no fue ningún desastre.
Aun al perderte (la voz burlona, un gesto
que adoro) no debí mentir. Es evidente
que el arte de perder no es muy difícil de aprender
aunque pueda parecerse (¡Escríbelo!) a un desastre.


A poco que se conozca la biografía de la autora, todo lo que se dice en este poema encaja con su peripecia vital. Como si nos diera ánimos, “pierde algo todos los días”, el yo poético insiste en que no importa, solo hay que tener arte para hacerlo, pues cualquier pérdida, a fin de cuentas, nunca llegará a ser un desastre (Ay, ¡Escríbelo!).
Aunque a veces sí que ocurren catástrofes de veras, para qué negarlo. Como en El gran Gatsby, de Francis Scott Fitzgerald, un relato descarnado de la gran caída moral y económica de su protagonista. He leído hace poco los jugosos comentarios de Juan Tallón sobre esta novela en Libros peligrosos (Larousse Editorial, 2014), he aquí una muestra: El fracaso es siempre inevitable. No digamos cuando está precedido del éxito, que, por otra parte, es relativo. A veces ni siquiera es éxito. Me gusta citar, tras frases así, Retorno al pasado, de Jacques Tournier, y evocar esa escena en la que Jane Greer pregunta: ¿Existe alguna maldita manera de ganar? Bueno -responde Robert Mitchum-, hay un camino para perder más despacio.
De este perder más despacio (qué flema la tuya, querido Robert Mitchum), a pensar en Samuel Beckett y su famosa frase: “Fracasa mejor” solo me quedaba un paso. De modo que rastreo un poco por mi biblioteca para contextualizarla y se me ocurre buscar en algún libro de Enrique Vila-Matas, gran admirador de este autor irlandés, que escribía en francés, por cierto, para luego traducirse a sí mismo al inglés. Tengo suerte, y en su libro de ensayos Impón tu suerte, (Editorial Círculo de tiza, 2018) encuentro y releo la esencia de su Beckett emocionante:
Estamos en pleno centro de uno de los motivos recurrentes de toda la obra: el fracaso que trae consigo el lenguaje mismo y la necesidad, sin embargo, de seguir diciendo, de decir, pese a todo. Cuestión abordada, con decisiva profundidad de última hora, en el ya muy famoso párrafo de la escuálida y tardía Rumbo a peor, la obra maestra de su última etapa: “Todo de antes. Nada más jamás. Jamás probar. Jamás fracasar. Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor”.
Leer a Vila-Matas, para mi gusto gran columnista sobre autores y libros, me lleva a pensar en la última colaboración periodística que recuerdo de Manuel Vicent, aunque solo fuera por su precioso título: El secreto placer de quedarse atrás (El País 15-07-23) en la que cuenta cómo, fruto de los años, un tal Miguel ha dejado de correr, en todos los sentidos, para sencillamente vivir. En el último párrafo, para darse la razón en su proceder, pues a fin de cuentas no tenemos ninguna prisa, menciona una frase de Borges: Todos caminamos hacia el anonimato, solo que los mediocres llegan un poco antes.

Entonces, a punto de aceptar finalmente mi fracaso, tras este nutrido grupo de maestros en el arte de perder, he aquí que el mensaje de Gonzalo Rojas aparece ante mis ojos gracias a Internet (ay, sí, tenía que haber empezado por ahí… pero formo parte de la resistencia y prefiero darle vueltas a la cabeza antes de recurrir a la máquina). La red me lleva a un poemario suyo de acceso libre (se puede descargar desde el portal Memoria Chilena) titulado ¿Qué se ama cuando se ama? editado por la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos (DIBAM) Departamento de Extensión Cultural, Chile, 2000. Y ahí se puede leer la frase, en la introducción de Rojas que abre el libro, Palabra previa: No soy Catulo ni Propercio pero digo a mi Lesbia y a mi Cynthia como puedo. Odi et amo. Nunca creí gran cosa en la dialéctica del amor. A lo que aposté siempre fue a la peripecia del perdedor. Dicho en confianza, ¿cuándo no perdemos?

Al leerla de nuevo me doy cuenta de que en mi memoria no se había conservado el contexto del tema amoroso en el que se inserta, sino que “mi” cita había optado por darle un valor general, existencial, a la peripecia del perdedor. Así suele funcionar la transmisión memorística, en la que a partir de nuestra experiencia construimos palabras sobre la base de las palabras de los otros, con mayor o menor fortuna.
Qué satisfacción haberla recuperado; y para redondear mi suerte también encuentro (esto no tiene mérito, me la sé de memoria tal cual desde hace mucho tiempo) la cita de Borges que menciona Manuel Vicent en su artículo. Pertenece al poema “Quince monedas” (Poesía completa, Ramdom-House, 2011); y el texto es una de esas monedas-poema, maravillosa y brutal, titulada Un poeta menor:
La meta es el olvido.
Yo he llegado antes.
Dejemos (por hoy) el arte (de perder) y volvamos al amor para cerrar este escrito. Tal vez lo conozcáis, pero por si os apetece refrescarlo, aquí dejo los dos versos del famoso poema LXXXV de Catulo que se inicia con el oxímoron tantas veces repetido odi et amo que asimismo -como habéis podido leer- menciona Gonzalo Rojas en su prólogo. Serán cuatro versos en total, pues como un acto (mínimo) de resistencia en defensa de las Humanidades y la Lectura también transcribo el texto original en latín. La traducción es de Luis Antonio de Villena (una reliquia, el libro: editorial Júcar, 1979).
Odi et amo, quare id faciam fortasse requiris.
Nescio, sed fieri sentido et excrucior.
Odio y amo. Preguntarás tal vez por qué lo hago.
No lo sé. Pero lo siento así, y me torturo.
Postdata:
Gonzalo Rojas, generoso e involuntario desencadenante de todo este juego, bien merece estar presente además con uno de sus poemas de la Antología poética. Este es de mis preferidos, se titula Mortal, y dice así:
Del aire soy, del aire, como todo mortal,
del gran vuelo terrible y estoy aquí de paso a las estrellas,
pero vuelvo a decirte que los hombres estamos ya tan cerca los unos de los otros,
que sería un error, si el estallido mismo es un error,
que sería un error el que no nos amáramos.
Moraleja:
No te rindas, husmea literatura, aprende de memoria lo que te gusta. Disfruta aunque pierdas. Lee más. Conversa. Ama. Fracasa mejor.
